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Los justos límites entre el deber y la devoción

Las lucidaciones de Shikry Gama nos confrontan con una realidad delicada pero necesaria de observar: cómo, en el transcurrir de la vida cotidiana, podemos confundir el diálogo con la confrontación y el deber con la sobrecarga.

Se nos recuerda que “la incapacidad para comprender las razones ajenas conduce a la manía de discutir y polemizar…, en el equivocado entendido de que sólo unos tienen la razón” (42/2).
Cuando el diálogo deja de ser escucha y se convierte en insistencia, cuando la convivencia se transforma en una pugna silenciosa por convencer o sostener posiciones, el orden interior y relacional comienza a quebrarse, aunque externamente todo parezca seguir funcionando.

El Lucidario es claro al enseñarnos que el orden no se restablece mediante la dureza ni el maltrato, sino mediante límites justos y pedagógicos: “es necesario castigar sin maltratar, en la misma medida en que es necesario escuchar y enseñar a dialogar con sensatez” (42/2.3).
Esto no alude a sanción violenta, sino a retirar la carga indebida y a permitir que cada cual asuma las consecuencias de lo que le corresponde, sin reproches ni humillaciones.

Más profundamente aún, se nos invita a discernir entre devoción y deber. Se nos dice que “la devoción tiene que analizarse en concordancia con los sentimientos afectivos y espirituales, mientras que el deber debe examinarse en correspondencia con los pactos y compromisos que cada individuo acepta… diferenciándolo de aquellos otros que le son impuestos por obligaciones o por tradiciones” (62/03 – 3.3).
Aquí se nos advierte de un error frecuente: asumir como deber aquello que nunca fue elegido conscientemente y sostenerlo en nombre de la devoción, aun cuando el cuerpo y el espíritu ya no pueden más.

La doctrina nos enseña que “cuando el deber se practica con amor, éste se transforma en devoción” (3.3.2).
Pero cuando el deber genera tensión permanente, angustia o enfermedad, deja de ser devoción y se convierte en una carga que desordena el cauce de la vida.

Finalmente, el Lucidario nos conduce a la enseñanza simbólica del río, donde se nos recuerda que fue en sus aguas que se aprendió “a reconocer la verdad de los movimientos de las fuerzas de la vida, tan semejantes y patéticas como la vida misma de los seres humanos” (040/4.3).
El río no vive al vaivén del mar ni se deja dominar por sus oleajes pasionales; avanza con dirección conocida, no retrocede jamás y no permite que fuerzas externas alteren su naturaleza.

Del mismo modo, cuando el ser humano respeta su propio cauce —ordenando responsabilidades, preservando su salud y dejando de sostener cargas que no le corresponden— no se aparta de la devoción, sino que permanece fiel a la dinámica de las fuerzas de la vida que encauzan su existencia.

Así, esta enseñanza nos recuerda que la verdadera espiritualidad no exige dañar el cuerpo ni sobrepasar los propios límites, sino vivir con orden, claridad y coherencia interior.
Cuidar la salud, distribuir correctamente las responsabilidades y permitir que cada persona asuma lo que le corresponde no es una falta de devoción; es una forma concreta de evitar el remolino pasional y de conservar el cauce.

Volver al propio cauce —ordenando responsabilidades, estableciendo límites justos y preservando la salud— no es una renuncia al deber ni una falta de devoción, sino un acto de fidelidad a los movimientos de las fuerzas de la vida, que no permiten avanzar a quien se deja arrastrar por los oleajes del mar.

Que esta enseñanza nos ayude a revisar nuestros deberes, a purificar nuestra devoción y a vivir con mayor armonía entre el espíritu, el cuerpo y la convivencia.