Plegaria de Shikry Gama · 24 de junio de 2001
Plegaria
Pedid por todos, sin distingo de razas, credos ni condiciones sociales. Pedid por todos, porque todos estamos siempre en el filo de la realidad de la vida, que nos puede conducir al bien o al mal, a los éxitos o a los fracasos; y este es el destino de todos los seres humanos, de todos los pueblos.
Piensen en todos los problemas de nuestros pueblos, en todas las tragedias que estamos viviendo, en todos los acontecimientos históricos que, de una u otra manera, se asocian a la personalidad de Juan. Aquel que, con una frase tan simple, caló en lo más hondo de la humanidad cuando dijo: Soy la voz que clama en los desiertos. No se refería allí a los desiertos físicos del planeta; se refería a esa aridez, a esa falta de vida, de conciencia y de conducta responsable que tenían y siguen teniendo los humanos.
Somos desiertos espirituales, porque no hemos sabido transformar esa aridez en jardines floridos, en ambientes agradables, en ambientes humanos en los que compartamos nuestros logros con aquellos a quienes queremos.
Y este hombre, con esta expresión tan concreta —porque la historia no nos refiere más hechos de su existencia—, sintetiza todo un inventario de cuestiones que el hombre debe resolver, porque él significa también la voz de la mea culpa que cada ser humano debe aprender a plantearse a sí mismo para cuestionar su conducta, para analizar por qué comete los errores que comete, tanto en sus distintas condiciones como hijo, como amigo, como padre, como hermano, como ciudadano, como trabajador, en todas las circunstancias de la vida en que el hombre indiscutiblemente participa y con sus actos determina lo que es, porque no es otra cosa más de lo que hace.
Juan nos dejó esa sentencia de su mensaje, que es una alerta permanente que todos los hombres que tenemos aspiración espiritual debemos recordar, porque nos alertó de los riesgos, de las tentaciones, de las seducciones del mundo, del poder, de las pasiones, de las flaquezas del alma. Y habló tanto y no encontró respuestas en la gente que le rodeaba. Y se sentía en el desierto.
Yo estoy seguro de que Juan, hoy, si estuviera en vida corporal, diría exactamente lo mismo, aunque viviera en un bosque frondoso, porque las almas siguen viviendo en los desiertos de la indiferencia, de la promiscuidad, de la vanidad, de la calumnia, de la soberbia y de todas esas pasiones que hacen que la vida carezca de importancia, porque no tienen nada fructífero que ofrecer.
Siempre les he hablado de por qué acepté esta misión. Yo también, como todo ser humano, viví un tiempo en el que era indiferente a los problemas de los demás. Y simplemente decía: bueno, cada cual hace su vida; cada cual provoca su causalidad; por lo tanto, cada cual que asuma las consecuencias de su vida y resuelva sus problemas, hasta que un día tuve oportunidad de analizar por qué el ser humano yerra, por qué incurre en faltas, por qué de una u otra manera tergiversa los objetivos que busca y cae en el error y en tantos sufrimientos que afectan su vida.
Y descubrí que no tenía yo razón cuando creía que eran responsables de lo que hacían. La verdad la descubrí recién cuando comprendí que cometían errores porque no sabían lo que hacían, porque ignoraban el porqué y el para qué de cada cosa, y que cometían diversidad de errores por ignorancia y no por mala voluntad o por inclinación al mal.
Descubrí que también de esa ignorancia se valían las fuerzas tenebrosas para manipular sus conciencias y hacer de ellos instrumentos de negatividad. Descubrí que, por esas carencias de conocimiento, ellos no podían ni siquiera diagnosticar la naturaleza de sus problemas, porque no tenían capacidad de entendimiento para descubrir por qué vivían tales situaciones y menos aún tenían respuestas para plantear caminos de solución.
Este descubrimiento sacudió mi ser, al extremo de que decidí cambiar las mismas razones de mi vida, dedicándome a tratar de combatir la ignorancia, a tratar de esclarecer el entendimiento de los seres humanos. Y llevo ya cuarenta y tantos años en esta labor; y, a pesar de que hay logros admirables, llego a la misma conclusión que Juan: que soy como una voz que clama en el desierto; porque, si bien es cierto que hay orejas que oyen, aún no saben escuchar; si hay ojos que miran, aún no saben ver; si hay mentes que funcionan intelectualmente, aún no saben entender…
Y es como si estuviera en un desierto verdaderamente, porque es difícil entender por qué el ser humano, teniendo todo a su alcance, habiendo provisto Dios de todo cuanto el ser humano necesita para lograr lo que busca, no lo encuentre.
Así, esa búsqueda me llevó a explorar las causas del comportamiento humano, el porqué de esa actitud de desconocimiento; y esa Luz se ha convertido en la doctrina que pretende mostrar a nuestros semejantes el camino por el que debemos avanzar para superar las adversidades de nuestra vida.
En todos los confines del planeta se reconoce que necesitamos desarrollarnos, que necesitamos ser como esos pueblos que han logrado su desarrollo, porque no podemos proseguir en este subdesarrollo intelectual y mental en el que vivimos.
Y, analizando esto, hay algunos —muchos— sectores de la humanidad a quienes hay que emplazar, hay que cuestionar, porque habiendo tenido la oportunidad de hacerlo, no lo hicieron. Y hoy entendemos que ellos, a pesar de haber tenido la responsabilidad, no pueden resolver el problema, porque tampoco entienden ni conocen las razones por las que estamos en esto.
Y entonces surgen una serie de cuestionamientos que sería largo debatir en esta plegaria, porque nos plantea el dilema de quién es el verdadero culpable: ¿el que comete errores porque no sabe, o el que, sabiendo, no enseña? Creo definitivamente que el error más grave es del que, teniendo el conocimiento, no lo transmite a quien lo necesita; porque al que comete errores por no saber, no le queda más que esa alternativa, porque no tiene otra posibilidad.
Sin embargo, esto no es fácil de transmitir. Los dedicados a la educación se empeñan en transmitir lo que saben; ¿pero están seguros de que lo que saben es lo que el pueblo necesita saber? No están seguros. Ellos mismos han asumido un rol de educadores, con la responsabilidad de cumplir órdenes, pero sin cuestionar, sin hacer una crítica exhaustiva de si lo que se está transmitiendo a nuestros semejantes es positivo, es lo cierto y lo correcto.
Y entonces la cadena se multiplica. El error se multiplica más, porque quien ejerce la enseñanza propaga más errores que correcciones. Estamos en esta cadena sin fin, de la que algún día tenemos que salir.
Manko Kali nos ha venido ayudando para entender mejor este problema, porque, definitivamente, al igual que un empresario que pone un negocio, para enriquecerse necesita tener clientes que compren lo que él tiene y que no produzcan lo que él produce; porque, si producen lo que él produce, perderá los clientes y, en un momento, la competencia le quitará el negocio.
Entonces, el negocio es tener el mundo en ignorancia. El negocio es que el ignorante sea quien contribuya a enriquecer a aquellos que, con unas dádivas culturales, le dan la impresión de que ha mejorado su nivel cultural. Y están satisfechos con lo poco que han recibido.
Pero esto no puede proseguirse, porque por esa misma actitud de aprovecharse de la ignorancia se ha propiciado la corrupción y se ha divulgado, se ha diversificado en todas las partes de nuestra sociedad, tal como a ustedes les consta en nuestro país.
Por eso pedimos, pedimos que nos ayudaran a descubrir las causas. Y Manko Kali nos ha ayudado; y, coincidiendo con este día, como hemos comentado más temprano, hemos iniciado finalmente el verdadero proceso de cambio, porque tenemos la esperanza y la convicción de que, a partir de esta captura, caerán no solo los que fueron instrumentos ejecutivos de la acción, sino especialmente aquellos autores intelectuales que propiciaron y condujeron a la corrupción en la que nuestro país ha caído.
Quiero, de manera especial, agradecer a Manko Kali, porque sin su ayuda no hubiéramos podido festejar, en la fiesta de Juan, en la fiesta de Ini Raymi, este triunfo tan importante de la civilidad y la espiritualidad de nuestro mundo.
Y quiero también pedirles a ustedes, hermanos, que tengamos un poco de entendimiento para que la Luz nos llegue y nos haga comprender la verdadera causa de los problemas.
Escuché a un hermano que decía que no era Dios quien se apartaba de nosotros, sino que éramos nosotros quienes nos apartábamos de Él; porque, efectivamente, por errores, por ignorancia, solemos darle la espalda a Dios justo cuando más lo necesitamos, en circunstancias en que sin Su Luz nuestro cerebro ni siquiera podría funcionar.
Pero no solamente necesitamos dirigirnos a Dios, sino que necesitamos hacerlo entrar en nosotros. Necesitamos nosotros mismos estar dispuestos a limpiar nuestro propio templo-cuerpo, para que la Luz del Padre tenga afinidad con nosotros. Porque, si nosotros no estamos limpios, la Luz del Padre no podrá llegar a nosotros, porque no hay afinidad.
Y el objetivo, entonces, es que nos inspiremos en aquellos que nos precedieron en el camino, enseñándonos lo que hay que hacer para esclarecer nuestras confusiones y practicar aquello que nuestra mente entendió, y no contentarnos simplemente con recitar aquello que nuestra memoria registró y que no sirve si no se practica.
Entonces, tomemos conciencia de eso, porque aquel que aprende algo y no lo practica es un verdadero tonto que no está aprendiendo lo que debía aprender. Porque solo por desconocimiento se cometen los errores, y solo por los errores se cae en los fracasos y en las adversidades en que pudo caer este iluso mafioso que hoy han capturado.
Porque solo un tarado, un ignorante como ese, que se creyó sabio, pudo caer en la más grande vileza como delincuente a nivel mundial. Hay que ser muy bruto para labrar ese futuro. No fue inteligente: fue bruto, ignorante. Esto es lo que tenemos que entender.
La inteligencia no es para ganar dinero; la inteligencia es para ganar dignidad, prestigio, respeto, honor. Pero nos hemos obnubilado de tal manera que solo pensamos en el dinero, en bienes materiales, en todas esas cosas que llenan el espíritu de los codiciosos y que no son más que porquerías que no se pueden llevar de este mundo al otro mundo.
Y necesitamos entender algo que, si bien es cierto lo estamos viviendo, no lo hemos comprendido. Decimos que el septrionismo enseña a amar al trabajo, pero ¿qué es el trabajo? ¿Hemos descubierto todas las facetas del trabajo? No sé.
El trabajo más sublime es la oración, es la plegaria expresada con autenticidad hacia el Padre.
Fíjense: no tenemos ejércitos, no tenemos servicios de inteligencia, no tenemos personal a quien mantenemos, no tenemos posición política, no tenemos poder de nada. ¿Cómo la oración humilde, suplicante nuestra, puede mover todas estas fuerzas políticas que están en el poder y hacer de ellas títeres para cumplir la voluntad del Padre? Por el poder de la oración.
El trabajo más importante y más productivo para el espíritu es la oración. La oración rectamente expresada en bien de nuestro prójimo, buscando la armonía, buscando la fraternidad, apartando de nuestro corazón las codicias, la envidia, todas esas negatividades que corrompen al ser humano, y buscando la hermandad, la fraternidad y la evolución de todos los seres humanos.
La oración practicada con amor no solo es un trabajo elevado, sino el poder supremo que Dios nos ha concedido para que nosotros podamos estar en comunión con Él y gozar de la convivencia con Su presencia en el mundo.
Quisiera decir tantas cosas, pero yo sé que ustedes son esclavos del tiempo y de los compromisos sociales, entre otras cosas. Sin embargo, necesitamos tomar conciencia de que hay que capacitarse, hay que estudiar, hay que aprender, porque ahora, con más prioridad que antes, podemos constatar que la ignorancia es la madre de todas las formas de esclavitud.
Porque no es esclavo solamente el que ha sido apresado por el guerrero que en combate le ha ganado; no. Es esclavo también el que es derrotado en la conciencia de su mente cuando se enfrenta a las seducciones de todos los nuones que están en lucha con él.
Cada vez que un nuon se posesiona de él, es un grado de esclavitud en el que el individuo cae y que lo aprisiona no solo temporalmente, sino que, por desgracia, muchas veces vuelve eterna esa esclavitud. Una esclavitud más humillante que la del que pierde un combate físico, porque perder un combate espiritual es terriblemente adverso para el ser humano.
El campo de batalla no está fuera de nosotros; el campo de batalla está dentro de nosotros. Como Juan decía: el desierto no es el físico, el desierto es el interior nuestro.
Y, lógicamente, si somos un desierto, cualquiera nos puede avasallar, porque no hay un obstáculo que le impida avasallarnos. Somos extensiones sin defensas de ninguna clase, sin presencia de ninguna clase de nuestra parte; desiertos donde las potencias de la negatividad cabalgan como los jinetes del Apocalipsis por donde les da la gana.
Y tenemos que tomar conciencia de esto si es que queremos realmente transformar nuestro mundo en memoria de Juan, en memoria de Manko Kali.
No quiero cansar más la paciencia de ustedes, pero piensen, reflexionen sobre estos temas, que han sido la motivación que durante todos estos años agitó mi vida para el cumplimiento de esta misión…
“El campo de batalla no está fuera de nosotros; el campo de batalla está dentro de nosotros. Como Juan decía: el desierto no es el físico, el desierto es el interior nuestro.”
Nota editorial
Texto corregido a partir de la transcripción de una plegaria pronunciada por Shikry Gama en la ceremonia del 24 de junio de 2001. En esta versión se ha omitido la apertura ceremonial, y se han corregido errores evidentes de transcripción, puntuación y repeticiones accidentales, procurando conservar la oralidad, el ritmo y el sentido espiritual del mensaje original.
El inicio conservado del audio aparece incompleto en la transcripción. Para la lectura pública, se realizó una reconstrucción mínima del primer llamado: “Pedid por todos, sin distingo de razas, credos ni condiciones sociales”.
Para una publicación más breve o más universal, pueden omitirse las referencias políticas coyunturales y los calificativos más duros, sin alterar el eje doctrinal de la plegaria: el desierto interior, la ignorancia, la oración, la limpieza del templo-cuerpo y la batalla espiritual dentro de nosotros.