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Día de la Madre


El Día de la Madre
Por Shikry Gama — Lima, 02/05/1977

Desde los primeros días del mes de mayo, la televisión y la radio convocan a la conciencia filial a celebrar “El Día de la Madre”. Este día se ha convertido en una promoción de ventas, en la que la madre ha pasado de ser ese sagrado símbolo de la procreación a ser una vendedora más de los productos de la sociedad de consumo. Los hijos no piensan ya con ese sentimiento de nostalgia y de gratitud que la pérdida de su madre infundió en el alma de Ana Jarvis.

En la actualidad, el Día de la Madre es motivo de complicados sentimientos por los compromisos que conlleva, por los gastos que implica, por la competencia y la ostentación entre unos y otros, para demostrar quién está en mejor situación, quién ofrenda mejores regalos a su madre, quién puede adquirir esto y lo otro, y quién puede darse las satisfacciones personales al comprar, aun cuando sea endeudándose, aquello que ha venido deseando todo el año.

Un cúmulo de sentimientos encontrados se agita en el alma de aquellos que ya no tienen madre. La vida está llena de ironías. Cuánto despilfarro de aquellos que gozan de bonanzas, y cuánta impotencia y frustración experimentan aquellos que, por las adversidades de la vida, carecen de los recursos necesarios para homenajear a sus seres queridos.

El mundo está con más confusiones que antes: se ensalza el nombre de la madre, se pregonan veinte mil regalos; y, sin embargo, nuestro mundo, nuestra sociedad y, en el seno mismo de todas las familias, se experimenta un vacío tremendo, un caos profundo que aún no hemos podido superar.

La sociedad y la familia viven una época de oscurantismo mental y psíquico; vivimos momentos de tragedia social, porque precisamente la juventud, las niñas, los jóvenes, parece ser que han perdido el respeto, el amor y la sublimación que representaba la madre. Parece ser que ese símbolo inmaculado, que daba honor y dignidad al hogar y al apellido, significa muy poco en la actualidad. Parece ser que la idea misma de ser madre ya no tiene la distinción y las expectativas que antes llenaban el pensamiento y el corazón de las mujeres. Por las calles se ven muchachas con actitudes libertinas, que procrean hijos sin haber pensado siquiera en la verdadera significación de ser madre.

En los hogares constituidos legalmente se procrean hijos, pero puede observarse que un nivel muy limitado de personas tiene una comprensión y una conciencia exacta de la razón de ese matrimonio y de la función de ser madre, no solamente para procrear hijos, sino para entregar al mundo seres dotados de una psiquis poderosa, armoniosa, decente y honesta.

Nuestra sociedad necesita de las madres. Hoy más que nunca es necesario que las madres comprendan la importancia del papel que deben desarrollar en el seno de la familia. Lamentablemente, la lucha por los derechos civiles ha hecho que las mujeres confundan la verdadera meta de superación a que deben aspirar y, en esa confusión, se pretende tener los mismos derechos de las transgresiones éticas y morales de los machistas y feministas del presente. No se aspira a ser un ser superior, ni a ser un ser con cualidades que ennoblezcan a la persona y a la familia humana, sino que se aspira a ejercitar el mismo libertinaje, las mismas transgresiones y los mismos vicios que los mediocres han venido practicando irresponsablemente.

La mujer debe comprender que, por la facultad de Dios, le fue concedido un atributo especial que los hombres —si bien es cierto que participan en ello— no poseen; nos referimos al atributo de ser el recipiente biológico en el que se celebra la ceremonia de la creación de la vida, auspiciada por las leyes de Dios. La mujer ha sido dotada —en sus entrañas— para procrear, y esta acción la ubica no como una simple hembra que debe satisfacer sus instintos, sino como el ser que, al recibir la esencia de vida que debe desarrollarse en sus entrañas, recibe también la responsabilidad de formar psicológica y espiritualmente a un ser digno de Dios, digno de la grandeza del espíritu humano y digno de la paz que él mismo aspira a vivir.

Es indispensable que las mujeres de nuestra época comprendan esta misión trascendental que deben realizar, porque, de no lograr esta exaltación del espíritu femenino, la sociedad, los hombres del mañana que son los jóvenes de hoy, carecerán de ese valor espiritual que nunca debió perderse y que, en épocas como estas, aun cuando su día se haya mercantilizado, ellas, las madres, deben dar el ejemplo para que sus vidas ejemplares motiven la gratitud, el respeto y la veneración de todos los jóvenes y adultos del mundo.

Meditad, hermanos, sobre esta realidad. Meditad y haced, en la medida de vuestras actuaciones, todo cuanto sea necesario para que nuestras niñas y mujeres puedan ser el arquetipo que las juventudes traten de imitar.