Menu Close

La misión de servicio

Hermano Claudio, en estos días hemos estado escuchando lo que dijiste sobre el servicio. Y es que siempre, cuando volvemos a escuchar las grabaciones de los diálogos, encontramos precisiones y explicaciones que valen oro, porque el paso del tiempo muchas veces difumina nuestros recuerdos y la experiencia de vida nos permite profundizar y valorar aspectos que en otro momento no le dábamos importancia.

Nos hablabas de cómo, cuando decidiste obedecer al Padre, asumiste el compromiso del Gran Deber hacia Él, y decidiste también poner a Claudio Cedeño dentro de tu bolsillo, para que la instintividad y la emocionalidad del cuerpo no gobernaran tu existencia, sino la racionalidad y la voluntad de servir al Padre en primer lugar. De esta manera no elegías nada porque te gustara o porque lo sintieras, sino porque cabía dentro de tu misión de servicio.

Nos explicaste también la diferencia entre la misión de servicio y el voluntariado, que es un servicio laico en el que uno “no está sometido a la renuncia de sí mismo, sino que ejerce su libertad a voluntad”.
La misión, en cambio, “se anota por toda la vida y uno renuncia no solamente a su libertad de actividad física, sino también a su destino; uno renuncia a su propio éxito, a su propio futuro, pierde autoridad para decidir lo que quiere y se pone a disposición de las jerarquías que asume como directrices de su vida”.

“El voluntariado —dijiste— es una opción mucho más efectiva que la misión. Con la diferencia de que el voluntariado no garantiza la continuidad de la obra, porque nunca se comprometen de por vida; simplemente se comprometen por un período en el que quieren prestar su servicio aquí o en otra parte, a diferencia de la misión”.

He aquí otra razón que permite entender por qué Shikry Gama decidió organizar algo como el Septrionismo, donde los servidores se comprometen para garantizar la continuidad de la obra septriónica.

Además nos aclaraste que tuviste la gracia de tener una familia con la conciencia suficiente para no entrometerse en tu misión, una vez que decidiste que ellos ya no tenían cabida en tus decisiones ni en tu vida. Nos explicaste que hay familias ejemplares, con un nivel de conciencia más avanzado, que deciden entregar algunos de sus hijos al servicio incluso en estos tiempos.

Para lograr eso —nos dijiste— se necesita “un nivel de conciencia suficientemente superado”, para no involucrarse emocionalmente ni caer en trampas hormonales o afectivas que puedan desviar a una persona del camino elegido.

“Aquel que nace para ser libre, su familia, desde muy pequeño sabe que no puede meterse en su vida”. Es una condición inherente al individuo. Y también señalaste que el que “tenga voluntad de ser independiente” y quiera integrarse a un servicio, inicialmente no requiere renunciar a su familia; lo que se requiere es que la familia no interfiera en sus decisiones.

También explicaste que, para formar pareja en el servicio, no todas las familias sirven para esto. Shikry Gama hace una gran diferencia entre las familias unidas, que tienen conciencia de una “misión de grupo”, un compartir comunitario de decisiones, y aquellas familias en las que el hombre y la mujer no tienen la misión en común, donde no hay unión, sino conflictos.

En estas últimas suele existir una falta de autoridad y de compatibilidad entre personas que deciden unir sus vidas. Por eso aconseja que no se debe unir la vida simplemente por atracción hormonal. No es el sexo el que debe determinar quién será pareja de quién, sino la mente y el espíritu.

Viene a mi memoria cómo fue que, al inicio, cuando estuve cerca del hermano Claudio, sin haber sentido una atracción física, empecé a experimentar una atracción espiritual. Me daba cuenta de que mi espíritu había tomado decisiones mucho antes de nacer, decisiones que había estado esperando cumplir durante toda mi vida. No porque mi familia tuviera una costumbre religiosa ni porque hubiera la idea de entregar un hijo al servicio, sino porque ya había venido con la voluntad de mi espíritu para cumplir esa misión junto con el hermano Claudio.

Y así cada uno debe definir de qué manera quiere entregarse al servicio. Incluso aquellos que no tienen unidad en el servicio como pareja pueden cumplir un servicio espiritual, aunque en menor medida y compromiso que el que estamos analizando. Y aquellos que tienen la oportunidad de elegir y realizarse en la misión de servicio espiritual, sea encontrando una pareja que tenga la misma prioridad o sin esa compañía, deben estar muy conscientes de no dejarse seducir por el instinto y la emocionalidad ya que estos pueden alejarlos del servicio.

Sin embargo, también debemos comprender que no todos están llamados al mismo grado de consagración. El caso del hermano Claudio representa una forma máxima de misión, en la que toda la existencia queda subordinada al Gran Deber. Otros, en cambio, sirven en grados distintos y deben conciliar con verdad sus responsabilidades familiares, sociales y espirituales. Lo importante es no aparentar una renuncia que no se ha asumido realmente, ni invocar un modelo extremo para justificar incumplimientos que no corresponden a la propia vocación.

En realidad, en todas las enseñanzas septriónicas se nos advierte sobre el peligro de dejarnos gobernar por los sentimientos sin la orientación de la conciencia trascendental.

Se nos recuerda que nuestros sentimientos tienden a polarizar fácilmente nuestras simpatías o nuestras antipatías, y que incluso cuando amamos podemos volvernos tan irracionales que dejamos de valorar con sensatez aquello que amamos. Existe incluso el peligro de amar lo que odiamos o de odiar lo que amamos, algo que en ese nivel de servicio deberíamos aprender a contrarrestar.

Por eso es muy importante entender lo que significa vivir una misión de servicio. Necesitamos tomar conciencia de cuándo nuestras decisiones están determinadas por las emociones o por los impulsos instintivos, para no desviarnos del propósito que conscientemente hemos elegido.

Debemos estar alertas para que la soberbia, el egoísmo o la confusión emocional no nos alejen del camino. Por eso es tan importante trazarnos una meta indeclinable, una meta definida con claridad y precisión, para no fracasar.

Pero Shikry Gama también nos enseña que no basta con la apariencia exterior del sacrificio o del cumplimiento. Lo que califica verdaderamente un acto es la intención que lo mueve. Una persona puede parecer muy disciplinada o muy entregada, y sin embargo estar obrando por conveniencia, por compensación o por intereses que no reconoce. Por eso el discernimiento no consiste solo en mirar lo que hacemos, sino en examinar con verdad qué nos impulsa a hacerlo.

El hermano Leoncio Chú también nos dejó una enseñanza cuando optó por no asistir al funeral de un familiar muy cercano —no recuerdo si era una hermana suya— porque entendió que sus deberes misionales estaban por encima incluso de ese deber familiar.

Y es que cuando una persona ha tomado una decisión de servicio, esa decisión debe orientar todas las demás áreas de su vida.

También se nos explicó que no basta con cumplir un deber solo por obligación. Cuando el deber se practica con amor, fidelidad y convicción, puede transformarse en devoción. Entonces el servicio deja de sentirse como una carga exterior y se convierte en una ofrenda consciente. Esa es una diferencia importante, porque no toda obediencia alcanza de inmediato ese nivel interior, pero sí debemos aspirar a cumplir nuestros deberes con autenticidad, sinceridad y amor al servicio.

Y en el caso de buscar pareja, también se nos enseña que debemos ser claros y sinceros desde el primer momento respecto a lo que podemos dar, a lo que podemos esperar del otro y, sobre todo, respecto a nuestra decisión de servicio. No debe haber engaños. Porque quien realmente ha decidido servir no debería dejarse desviar; y si eso ocurriera, tiene derecho a poner un punto final cuando la otra parte no fue sincera y tenía otras intenciones.

Existen muchas formas de servir en pareja. Está el ejemplo del hermano Leoncio, sobre el cual Shikry explicó que su compañera, a pesar de no haber sido aceptada dentro de la misión, era igualmente una servidora. Ella hacía todo lo que el hermano Leoncio necesitaba.

Esto también permite comprender que la pertenencia formal al grupo no es, por sí sola, el criterio decisivo. Lo esencial es la verdad, la compatibilidad y la aceptación consciente de la vocación del otro. Una persona puede no estar integrada plenamente en la misión institucional y, sin embargo, acompañar verdaderamente el servicio si no interfiere, si comprende el orden de prioridades del servidor y si la relación no se funda en promesas falsas ni en exigencias incompatibles con la misión asumida.

Y es muy importante lo que allí se señaló: “él nunca le hizo faltar nada de lo que ella necesitó”. También se aclara que, si no hubiera sido así, ella se habría rebelado y opuesto con seguridad.

Lo mismo ocurrió en mi caso con el hermano Claudio. Siempre se adelantaba a lo que pudiera necesitar y aunque su servicio a Lo Dios estaba siempre en primer lugar, nunca descuidó nada esencial en la relación.

Esto también nos deja una enseñanza importante: no todo el mundo tiene la capacidad de cumplir con todo al mismo tiempo y en el mismo grado. Y en ese caso no se debe asumir un nivel de compromiso que no se va a poder sostener con verdad, ni en el servicio ni en la pareja. A veces será necesario elegir uno de los dos; otras veces, conciliar ambos en una medida realista y sincera.

Y sin ir muy lejos, también el hermano Miguel y María, en Iquitos, tuvieron una misión en pareja. Como todos vemos, María sigue encargándose del Colegio septriónico aún después de la transición de Miguel. Y así hay otros hermanos que, en diferentes medidas, realizaron un servicio en pareja.

Una misión de servicio, entonces, debe hacerse con ideas claras, siendo muy sinceros y teniendo una voluntad firme. No se puede sostener sobre ilusiones ni sobre promesas que no se pueden cumplir.

Todos debemos poner atención a lo que nuestro espíritu desea que hagamos, no guiarnos por momentos de entusiasmo que luego se apagan como las olas del mar al romper en la orilla, sino ser constantes, perseverantes y persistentes, como los ríos que avanzan siempre hacia su destino.

Tenemos que preguntarnos si somos persistentes como los ríos, que tienen una meta indeclinable, o si somos pasionales como el mar, sin una dirección definida.

Comentario por Nathalie de Holanda