La cruz y la espada

La cruz y la espada

Artículo de la revista Ego No. 26, 1974, por Claudio J. Cedeño Araujo

Las rutinarias celebraciones de diciembre cobraron matices de insospechadas reminiscencias socio-políticas en nuestro atribulado mundo latinoamericano.

Un relegado acontecimiento de un ayer fabuloso fue retomado por exaltadas conciencias de civismo internacional, como tradicional espada de lucha en la interminable gesta libertadora de los pueblos latinoamericanos, bajo la mirada incólume y serena de quien utilizó la cruz como arma liberadora de conciencias.

La siempre trascendental figura navideña de Jesucristo se vio acompañada por la redimida imagen de Bolívar, genio estratega de la victoria de Ayacucho en un nueve de diciembre de 1824.

El sesquicentenario de la batalla de Ayacucho fue recordado por los pueblos americanos con trompetas de revivificantes llamadas a la unidad y a la fortaleza de los ancestrales vínculos indo-americanistas para enfrentarse unidos una vez más al común enemigo de la opresión y la dependencia continental. Los representantes gubernamentales, cual vérbicos cañones apologéticos dispararon sus evocaciones e invocaciones como salvas conjurativas que asegurasen el triunfo en la desarticulada batalla que hoy libran los pueblos contra la sombra del subdesarrollo, la dependencia y el anarquismo de los valores.

Parecían haberse posesionado del espíritu de los indoamericanos las postreras palabras del magnífico: “Si mi muerte contribuye a que cesen los partidos y se consolide la unión, yo bajaré tranquilo al sepulcro”, pues por horas y días las pasiones partidistas quedaron postradas como homenaje al Gran Libertador de las Américas. Unidos como cuando enemigos comunes se unen ante los peligros mayores que sus propias fuerzas, las democracias tomáronse de las manos con los totalitarismos. Pasiones y falsías postradas en un inconsciente rezo de unidad, clamando en el nombre del general de la espada, la providencial protección de aquel manso guerrero de la cruz.

Escucháronse como antaño, prometedoras elucubraciones en pro de la misma realidad que inspira al Libertador el ideal primogénito de la O.E.A. Unos sintiéndose libertados y otros libertadores intentaron hablar un idioma común en el nombre de un pasado común. Hoy, como entonces, los dedos catónicos señalaban el peligro, ora en el exterior, ora en el interior del continente. Unos culpando de todas las desdichas al espectro capitalista, y otros, más sabios y prudentes, reconociendo en la apática idiosincrasia de nuestros pueblos el agente promotor de nuestro ancestral atraso.

Los panegiristas evitaron recordar aquello que, hoy como ayer, fue siempre como meter el dedo en la llaga de aquel que ofrecía evidencias.

No fue necesario que desapareciera El Libertador para que se confirmara el estigma idiosincrásico.

Su célebre frase: “Aré en el mar y edifique en el viento” es la admonición que el espíritu evocador de Bolívar pareciera hacer retumbar en nuestros oídos y conciencias, mostrándonos aún hoy su infructuoso sacrificio.

El sesquicentenario de Ayacucho fue, para americanistas como yo, como un regalo anticipado de Navidades, pues con el recuerdo de Bolívar acudieron también las imágenes y el pensamiento de un Sucre, un Córdova y un Santander que con igual sabiduría que sus contemporáneos pronunciara tan eterna sentencia cuando dijo: “Las armas os independizaron pero sólo las leyes os libertaran”.

La América nuestra es, desde Ayacucho, independiente por la voluntad de sus pueblos, pero los americanos de ayer, de hoy y de siempre no seremos libres hasta que aprendamos a liberarnos de las pasiones, de las ambiciones de poder, de los resentimientos y de los odios fraternales.

Debemos aprender a liberarnos del ave de rapiña que llevamos dentro, de las zorrunas falsías de nuestras promesas. Debemos liberarnos de la pereza, de la inconstancia, del incumplimiento, de la calumnia, de la vileza. Debemos liberarnos de la demagogia, del arribismo y del oportunismo. Debemos liberarnos del subdesarrollo y de la xenofobia, en el nombre de los libertadores.

Quizá Bolívar -si viviera- confesaría hoy conmigo: “El campo de batalla de la independencia de América fue Ayacucho, pero el campo de batalla donde conquistaremos nuestra libertad está en las lóbregas profundidades de nuestras conciencias, y en ella las únicas armas son las virtudes espirituales que aquel General de la Cruz empezó a legárnoslo cuando naciera en un mes simbólico de independencia, libertad y amor.

 

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